Una cabalgata en la playa

/ diciembre 30, 2020/ Todas

El bosque se abría en ramas adelante mío, árboles se chocaban unos a otros haciendo ruido. Pensaba en dementores. Me acompañaba un adorable chico granjero, gaucho. Con camisa celeste, bombacha de campo, faja y boina. Todo el atuendo gauchesco. Me acordé del dueño de Merci, un francés que se viste como gaucho en el mercado de San Telmo. Me dieron ganas de vestirme de guacha. Hubo una época de chiquita que lo hacía. Abría el ropero del cuarto del campo. Cada adulto tenía su propio cuarto y su ropero. A mi me encantaban los libros del cuarto del medio. El frío, de la cama bordo. Tenía una chimenea negra y una estantería a los lados, abajo de las ventanas con libros de todo tipo: buscando a Wally en todos los países, unos de aventuras a caballo y en Egipto, unos de misterio y elige tu propia aventura. Me duele el cuerpo de tanto montar. Hoy troté. No me acordaba como hacer para no caerme del caballo o dejar de rebotar. Me gustaba acariciar al caballo y me agarraba fuerte de la montura. ¿Cómo se llama? Le pregunté al chico, dándome vuelta. Maquinita, me dijo. Íbamos por un sendero de arena y ramas. Me hizo acordar al coworking que fui en Palermo para aprender a hacer un blog. Siempre queriendo hacer de todo, confiando en el destino. Ahora sigo confiando. Me sentía como un príncipe en un bosque cuando encuentra a su amada. Me sentía como una princesa ruda que cabalgaba en el bosque. Ahora agradezco la situación tan genial que estoy viviendo hoy en Carilo. Estoy en un hotel de 4 estrellas frente al mar, hermoso. Estuve unos días en otros lados y después volví. Recibí ayuda. Disfruté ver tantas piñas, tantos árboles. Me acordé de Narnia. El otro día caminando en un bosque pasé por al lado de un farol tal como el de la película. La escena nevada donde se encuentra al fauno. Yo viví muchos momentos así. En el campo. Tantas habitaciones, tantos roperos, tantos recuerdos. Jugábamos al cuarto oscuro, juegos de mesa y a las cartas. Tomábamos Nesquick y tostadas en tazas de té amarillentas de cerámica. Yo robaba paquetes de Duquesa o Melba, un jugo Baggio y me iba a la aventura. Hacía caminatas hasta el Monte de las Cotorras y me sentaba a escribir, juntaba plumas. No me acuerdo exactamente que hacía. Pero me acuerdo que me divertía.

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