Clase de street dance

/ diciembre 1, 2020/ Escritura, Todas

Una calle de adoquines, típica de San Telmo. Llego al atardecer, todavía el cielo está claro y hay una mujer en la entrada con un vestido largo de colores y tacos, me pregunto si irá a la clase con esa ropa, me parece que no. Me hace un lugar en la entrada para que pueda tocar el timbre. Las cortinas están bajas y se escuchan flores, voces. Por afuera las paredes están recién pintadas con alegres triángulos rojos, amarillos y blancos con lunares negros. El edificio es antiguo y chiquito. Simpático, el tipo de lugar a donde te dan ganas de entrar y sentís que estás en buen camino. Durante la caminata de 6 cuadras desde mi casa al lugar me siento tan bien, me siento sexy, me siento yo misma más que nunca. Con un top, unas calzas fluor, un buso bien hiphopero, el pelo largo y suelto y un lindo collar de luna llena. Me pregunto si en la clase me golpearé con el collar si nos movemos mucho. Me acuerdo de la última clase que tomé de danza contemporánea en un galpón en Almagro, ese día fue tan divertido y memorable que después hice una pintura magnífica del movimiento. Los tonos de la ropa de las bailarinas, los sweaters ajustados con cuello bote y los hombros a la vista, las calzas lilas, las polainas beige. Hay algo de ese mundo que me atrapa, me hace soñar, me lleva a la infancia y las innumerables clases de danza que tomé. Tantos salones espejados. Volviendo al presente, con un top de Nike de flores agradables y otro top blanco encima. La vergüenza por mi cuerpo desvanecida. Me siento orgullosa, feliz de tener este cuerpo sano, tonificado, delgado. Hago yoga todos las mañanas desde hace uno o dos años. Desde Barcelona en realidad. Cuando me mudé ahí me animé a probar una clase. Hace tiempo que me llamaba la atención y una mudanza fue la excusa perfecta para probar algo nuevo y radical, en especial en una ciudad como Barna como le dicen algunos allá. En fin, volviendo a San Telmo y la case de baile… permitir que el alma se exprese libremente, la libertad, el valor que me acompañó toda la vida en cada etapa, que esencial. A veces me expreso a través de los viajes, los cambios, la paz, el ser, las palabras, los juegos, los jugos. Entré al salón después de que salieron unas chicas más jovenes que estaban bailando antes. La chica que me atendió era muy sonriente, tenía una gorra y una remera XL con zapatillas y un jogging, muy look de baile, de película de street dance callejero en Brooklyn, Nueva York. Hablamos de yoga. Al parecer llegué temprano. Después apareció otra chica y la profesora y empezamos a bailar. La música era La boca de nose quien, algún rapero tipo Daddy Yankee. El salón tenia grandes espejos, un clásico. Y muchos trofeos, de primeros premios. Tubos largos, fucsias, turquesas con alas doradas, medallas y cintas de colores. Lo tomé como una señal del Universo. Porque siempre lo represento con alas doradas en todos lados. Fue hermoso. Mi compañera de clase tenía un short muy sexy y un top, una remera que se le veía la panza, un buso y barbijo negro. Pudimos bajarnos el barbijo durante la clase. La profesora era muy buena onda. Nos dijo una frase que quedó dando vueltas en mi cabeza, «¿Para que bailan? Pensar en eso y dejarlo todo en la clase. A veces despacito, como teniendo sexo suave, con movimientos chicos de muñeca y pasitos pequeños, para entender el movimiento y la coreografía. Y a veces exagerado, moviendo ampliamente los brazos, las piernas, mandándose sin importar que tan bien salga el movimiento. A veces estaba en mi mente y de a ratos me olvidaba y disfrutaba. Como al principio de la clase, antes de empezar la coreografía. Fue tan divertido y único! Lo recomiendo. Siempre aporta algo nuevo y único y nunca se sabe a donde te puede llevar…

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